—Elena sí que era brava.
—Mucho —dijo Hernán—. También dejó cláusula de exclusión automática si se detecta abuso patrimonial o presión psicológica para modificar la estructura antes de tiempo.
Solté aire lentamente.
—Entonces ya quedó fuera.
—Técnicamente, sí. Pero conviene probarlo con elegancia.
Miré hacia la ventana del cuarto de arreos. Desde allí se alcanzaba a ver la terraza principal, donde Mariana discutía con un florista porque los centros de mesa del sábado no se verían “lo bastante premium”. Premium. En el rancho que mi abuelo levantó con manos y animales, la mujer hablaba como si estuviera decorando un lobby de hotel.
—¿Y la carpeta negra? —pregunté.
Hernán la abrió y me mostró copias de transferencias, estados de cuenta y autorizaciones revocadas.
—La transferencia automática a Rodrigo está congelada desde ayer. La cobertura de sus tarjetas empresariales asociadas también. La línea de liquidez que le diste para “capital de arranque” en sus proyectos ya quedó suspendida. Además, los inversionistas del Grupo Cumbres Verdes recibirán hoy mismo una notificación preventiva de que cualquier negociación sobre el Rancho Sol de Oro carece de validez sin tu presencia y la del fideicomiso.
Sonreí por primera vez de verdad.
—Eso va a dolerle.
—Eso apenas empieza —respondió Hernán—. El sábado, si quieres, hacemos la lectura formal aquí mismo, delante de quien haga falta.
No contesté enseguida.
Porque en ese momento comprendí que la semana no iba a terminar con una conversación privada entre mi hijo y yo. Ya no. Eso habría sido posible si, al menos una vez, él hubiese mostrado vergüenza sincera. Pero había elegido otra cosa: permitirse el lujo de desplazarme mientras usaba todo lo mío para construir una escena de poder prestado. Y esa clase de lección, cuando llega, necesita testigos.
—Aquí mismo —dije—. En la casa grande. Donde Elena cuidó cada piedra.
Hernán cerró la carpeta negra.
—Entonces vamos a divertirnos un poco de verdad.
El jueves recibí la visita del padre Julián, el párroco del pueblo, que había bautizado a Rodrigo y enterrado a Elena. Llegó con el sombrero en las manos y una expresión incómoda.
—Don Ernesto… —empezó—, no vengo a meterme donde no me llaman.
—Entonces vas mal encaminado, padre.
Suspiró.
—Me han comentado algunas cosas. Sobre el asilo. Sobre el cambio de habitación. Sobre los inversionistas.
Lo miré en silencio.