Era buen hombre, dentro de lo posible, pero pertenecía a una generación de sacerdotes y padres de familia que llamaban prudencia a aguantar demasiado y escándalo a defenderse a tiempo.
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—Solo quería decirle —continuó— que a veces, por conservar a los hijos, uno debe ceder un poco más.
Ahí tuve que reírme.
No de burla. De incredulidad vieja.
—Padre, llevo veinte años cediendo un poco más. Y mire usted el resultado.
No supo qué responder.
Le ofrecí café. Se quedó un rato conmigo en el establo, mirando a Relámpago, y al final dijo algo que agradecí más por imperfecto que por sabio.
—Su esposa veía lejos.
—Sí —respondí—. Y yo veía tarde.
El viernes por la tarde empezó a llenarse el rancho otra vez.
Llegaron dos camionetas negras del Grupo Cumbres Verdes. Llegó un chef de Querétaro con cajas de mariscos y botellas carísimas. Llegó una decoradora con telas beige para suavizar el comedor. Llegó un hombre joven con zapatos italianos y dron para grabar tomas aéreas. Y, por supuesto, llegaron las sonrisas de Mariana, más afiladas que nunca, y las palmadas de Rodrigo, desempeñando el papel de dueño con la energía temblorosa de quien se sabe a un paso de algo grande sin entender aún que camina sobre vidrio.
No me invitaron a la cena previa.
Nadie me avisó a qué hora recibirían a los socios.
Nadie me preguntó si el pozo del sur realmente podía soportar el proyecto que Rodrigo ya les estaba vendiendo.
Perfecto.