A las siete en punto del sábado, la terraza principal estaba iluminada como una boda nueva. Las mesas vestidas de lino crudo. Los arreglos sobrios. La cristalería alineada. El valle extendiéndose al fondo con una belleza que no necesitaba aprobación empresarial de ninguna especie.
Yo aparecí por el corredor central con mi traje gris, el mismo de la boda y del entierro de Elena, pero con los zapatos limpios, la espalda recta y Hernán Suárez caminando a mi lado con su portafolio negro.
Fue Mariana la primera en verme.
Su sonrisa se tensó apenas.
—Don Ernesto —dijo, acercándose—. No sabía que pensaba unirse. Esta cena es bastante técnica. Tal vez usted estaría más cómodo…
—En el establo —completé—. Sí, ya conocí esa idea.
Rodrigo giró desde la mesa de honor. Vi en sus ojos ese reflejo instantáneo del hijo que sabe que algo no anda bien, aunque todavía quiera fingir que sí.
—Papá, hoy no —murmuró al llegar junto a mí.
—Hoy sí —respondí.
Uno de los hombres del grupo, un señor de barba cuidada y reloj excesivamente brillante, intervino con educación de negocios.
—¿Hay algún problema?
Hernán habló antes de que Mariana inventara una versión conveniente.
—Ninguno. Solo una aclaración de propiedad previa a cualquier conversación sobre inversión o compra parcial de activos.
La palabra propiedad cayó en la mesa como un plato roto.
Mariana se echó a reír, demasiado aguda.
—Ay, licenciado, no es necesario formalizar nada en este momento. Don Ernesto está cansado y…
—Basta, Mariana —dije.
Se hizo un silencio tan limpio que hasta el personal de servicio dejó de moverse un segundo.
Yo la miré de frente. No como suegro humillado. Como dueño cansado.
—Toda esta semana has hablado de mi rancho como si fuera un hotel que acabas de heredar. Moviste muebles, quitaste retratos, ofreciste agua, tierra y habitaciones. Me mandaste al establo. Me quisiste mandar a un asilo. Y todavía no has entendido la diferencia entre usar un lugar y pertenecerle.
Su rostro perdió algo de color.