Rodrigo dio un paso al frente.
—Papá, por favor, no hagas esto delante de ellos.
Lo miré.
—Tú lo hiciste delante de ellos el día que permitiste que tu esposa me sacara de mi mesa y me quitara mi cuarto. Yo solo vengo a terminar la función.
Hernán abrió el portafolio con una calma casi ceremonial.
Los inversionistas ya no sonreían. Estaban atentos de esa forma tan empresarial en que el escándalo ajeno se evalúa no por moral, sino por riesgo.
—Como apoderado legal del fideicomiso Sol de Oro —dijo Hernán—, dejo constancia de que ninguna negociación realizada por el señor Rodrigo del Bosque Ríos ni por la señora Mariana del Bosque tiene validez sobre esta propiedad, sus recursos, extensiones o activos.
—Rivas —corrigió Mariana automáticamente—. Me llamo Mariana del Bosque Rivas.
Hernán levantó apenas la vista.
—Legalmente irrelevante.
El silencio fue glorioso.
Rodrigo intentó reír, pero le salió una exhalación seca.
—Papá, no entiendo qué pretendes.
—Lo que tu madre pidió —respondí—. Dejar que la vida me muestre quién es cada quien.
Me volví hacia la cabecera de la mesa, donde aún estaba la silla que Mariana me había negado la noche de la boda.
—Licenciado, proceda.
Hernán sacó la carpeta verde.
—Con fecha del 14 de mayo, la señora Elena Álvarez de Ríos, en pleno uso de sus facultades, constituyó una cesión irrevocable y una estructura de fideicomiso patrimonial en favor exclusivo del señor Ernesto Ríos Álvarez como usufructuario, administrador total y único representante válido del Rancho Sol de Oro.
Mariana parpadeó.
Rodrigo se puso completamente quieto.
—Eso no puede ser —susurró.
Hernán continuó.
—Asimismo, estableció que el señor Rodrigo Ríos solo podría aspirar a la sucesión futura bajo condiciones precisas, entre ellas cinco años de administración directa, aprobación comunitaria y ausencia absoluta de intentos de coacción, despojo o internamiento del usufructuario.
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