Decidí poner a prueba a mi marido y le dije:

Si Anton está haciendo planes para el futuro sin mí, debería decírmelo a la cara.

Y quería oírlo de él. Honestamente. Directamente. Sin pretensiones.

Respiré hondo, me lavé la cara con agua fría, me puse ropa limpia y empecé a reunir los documentos que podría necesitar: mi pasaporte, mi contrato de trabajo, mis extractos bancarios. No porque planeara huir. Sino porque algo en mi interior me decía: nos esperaba una conversación. Una que lo cambiaría todo.

Había pasado aproximadamente una hora cuando oí girar la llave en la cerradura.
Me quedé en el pasillo.
Dora, con la espalda recta y los brazos cruzados.

Estaba lista. O al menos, lo intentaba.

Anton entró primero. Me vio y se estremeció.

“¿Estás… en casa?” Parecía confundido.

“¿Dónde crees que debería estar?” Mi voz sonaba tranquila. Una calma irreal, como antes de una tormenta.

Miró a su alrededor, como si comprobara si su madre estaba cerca. Al parecer, esperaba una conversación más tranquila.

“Escucha, Lena…”, empezó tenso, “tenemos que hablar”.

“Sí”, asentí. “De verdad que tenemos que hablar.
Y sí… Tanya me trata con respeto. Y me entiende. Algo que no he podido decir de ti en mucho tiempo.

El mundo volvió a dar vueltas ante mis ojos, pero allí me quedé.

Lo miré y comprendí: había llegado el momento de la verdad. Justo en el que me daba miedo siquiera pensar.