El hijo rico empujó a su madre paralizada por un acantilado, pero se olvidó de su fiel perro y el final.

Bruno volvió junto a él, gruñendo. Jamás lo había visto así. El perro, que siempre lo había tratado con afecto, ahora parecía reconocer algo en su mirada: culpa.

Alberto dio un paso atrás, mirando a los excursionistas, al perro y al camino de acceso por donde ya se veía acercarse el vehículo oficial. No podía escapar sin llamar aún más la atención.

—Todo fue un accidente… —murmuró, aunque nadie se lo había preguntado todavía.

El sonido de la sirena se acercaba más y más, y las ondas del mar seguían golpeando el sitio donde había caído su madre.

Los agentes de la Guardia Civil llegaron en pocos minutos. Tras escuchar el relato de la pareja, se dirigieron inmediatamente hacia Alberto.

—¿Es usted el hijo de la mujer que ha caído? —preguntó el sargento.

Alberto sintió que sus piernas flaqueaban.
—Yo… sí… pero… fue un accidente. La silla se movió sola.

El sargento observó la posición de la silla, demasiado lejos del coche y demasiado cerca del borde.