—No lo hagas —susurró Zainab mientras el mensajero se alejaba para buscar al paciente—. Te reconocerán. Te llevarán al patíbulo en cuanto se estabilice.
—Si no lo hago —respondió Yusha con voz ronca y áspera—, nos matarán a los dos. Además, Zainab… soy médico. No puedo permitir que un hombre se desangre bajo la lluvia mientras tengo una aguja en la mano.
Llevaron al joven adentro: un muchacho de apenas diecinueve años, con el rostro pálido y una herida abierta en el muslo, producto de la metralla sufrida en un accidente de caza, que se estaba infectando. El olor a gangrena impregnaba la habitación limpia y perfumada con hierbas, una intrusión nauseabunda del mundo moribundo.
Yusha trabajaba en una especie de trance febril. No utilizaba las herramientas rudimentarias de un curandero de pueblo. Rebuscó en un compartimento oculto bajo las tablas del suelo y sacó un rollo de terciopelo que contenía instrumentos de plata: bisturíes cuyo brillo letal resplandecía a la luz del fuego.
Zainab era su sombra. No necesitaba ver la sangre para saber dónde colocar la palangana; se guiaba por el goteo y el calor de la infección. Se movía con una precisión silenciosa e inquietante, entregándole hilos de seda y agua hirviendo incluso antes de que él los pidiera.
—Acerca la lámpara —ordenó Yusha, antes de corregirse, sintiendo una punzada de culpa—. Zainab, necesito que presiones con todo tu peso sobre el punto de presión. Aquí.
Dirigió su mano hacia la ingle del niño, donde la arteria femoral palpitaba como un pájaro atrapado. Bajo la presión, el niño abrió los ojos. Levantó la vista, no hacia el médico, sino hacia Zainab.
—Un ángel —graznó el niño, con la voz ronca por el delirio—. ¿Estoy… en el jardín?
—Estás en manos del destino —respondió Zainab con dulzura.