A los 20 nació nuestro hijo, Tomás.
Mientras muchas personas “soñaban”, yo ahorraba. Mi abuela repetía siempre lo mismo:
“Una mujer debe tener su propio dinero. No secreto… propio.”
Cómo me convertí en “todo” (sin salario, sin aplausos)
Cuando el negocio de Víctor empezó a despegar, me pidió que dejara el bufete para ayudarlo “un tiempo”.
Ese “un tiempo” se convirtió en once años.
Yo era contable, coordinadora, administradora, marketing, eventos, enlace con clientes, la que apagaba incendios… y además madre, cocinera, y el sostén invisible de la casa.
Mi título oficial era “esposa”.
Mi título real era: Todo lo demás.
Y él se quedaba con los premios, los brindis y el crédito.
El cambio: cuando el respeto se volvió desprecio