—Porque yo sí soy tu padre.
Aunque tú te olvides… yo no puedo.
Se quedó en silencio.
Luego me abrazó fuerte, como cuando era niño.
—Perdóname… por favor, perdóname…
Sentí que el corazón me dolía… pero también se aliviaba.
—No tienes que pedirme perdón.
Solo no vuelvas a olvidarte de quién estuvo cuando no había nadie.
Desde la entrada, todos miraban.
La música seguía sonando.
Pero para mí…
la boda ya no era lo importante.
Lo importante era que mi hijo, por fin, había recordado quién era su familia.