“El tipo que tuvo suerte.”
Eso siempre me hacía sonreír.
Porque no tuve suerte.
Yo construí el mundo que ellos fingían comprender.
Esa noche, todo se vino abajo por una nimiedad.
Le regalé a Daniel un reloj antiguo restaurado, algo que su abuelo alguna vez soñó con tener.
Apenas lo miró.
Lo dejé a un lado.
Entonces, delante de todos, dijo que estaba cansado de que yo apareciera esperando gratitud en una casa que no tenía nada que ver conmigo.
Entonces le dije con calma:
“No olvides quién construyó el terreno que pisas.”
Eso fue suficiente.
Se puso de pie.
Me empujó.
Entonces empezó a pegarme.
Y conté.
No porque fuera débil.
Porque había terminado.
Cada golpe arrebataba algo: amor, esperanza, excusas.
Cuando por fin se detuvo, respiraba como si hubiera ganado.