Enojado. Desesperado.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
Lo miré.
—Me has pegado treinta veces —dije—.
¿Y crees que yo soy el problema?
Intentó justificarlo.
Dijo que yo lo había provocado.
Fue entonces cuando algo dentro de mí finalmente se apagó.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Lo miré a los ojos.
“Quiero que salgas el viernes. Quiero que te enfrentes a las consecuencias de tus actos. Y recuerda cada número del uno al treinta… antes de volver a levantar la mano.”
Una semana después, su vida estaba hecha pedazos.
Su trabajo fue suspendido.
Su esposa se ha ido.
La casa… desaparecida.
Su imagen… ha desaparecido.
Tres semanas después, regresó.
No era el hombre que creía ser.
Solo alguien que no tiene nada.