Mi corazón latía con fuerza al entrar.
El cobertizo olía a madera húmeda y polvo. La luz del sol se filtraba a través de las tablas deformadas, creando líneas pálidas en el suelo. Mi respiración resonaba con fuerza en el silencio del lugar.
Fue entonces cuando lo vi.
En el rincón más alejado, escondido tras un viejo rastrillo y una maceta rota, había un pequeño nido hecho de ropa.
Ropa familiar.
Me acerqué, con el pecho oprimido a cada paso.
Allí estaban las cosas de Lily. Una bufanda morada. Una sudadera azul. Un cárdigan blanco que no se ponía desde hacía años. Y acurrucada entre ellas, una gata tricolor, con el cuerpo enroscado protectoramente alrededor de tres gatitos diminutos.
No eran más grandes que mis manos.
La gata levantó la cabeza lentamente, observándome sin miedo.
Baxter colocó el suéter amarillo junto a ellos. Los gatitos se acercaron de inmediato, buscando calor.
Y en ese instante, lo comprendí.
Este suéter no venía de donde temía.
Venía de aquí.
Me arrodillé, con la mano apoyada en el pecho, mientras la verdad me invadía.
Esto no era casualidad.
Esto era algo que Lily había empezado.
Y Baxter simplemente me lo había traído de vuelta.