Se comportaban como niñas que le tenían miedo.
Entonces Rosa entró en la habitación.
Probablemente había oído la voz de Patricia desde el pasillo.
Entró con cuidado, sin agresividad ni confrontación, simplemente protegiendo lo suficiente como para interponerse entre Patricia y las niñas sin que se notara.
—Señorita Patricia —dijo Rosa con suavidad—, las niñas no han hecho nada malo.
Patricia se giró hacia ella tan rápido que casi parecía violenta.
— ¿Le pedí su opinión?
Rosa permaneció inmóvil.
—No, señora.
—Entonces recuerda su lugar.
La habitación quedó en silencio
Las puertas de entrada se cerraron tras el coche negro, y durante unos largos segundos mantuviste el rostro vuelto hacia la ventana trasera, con la sonrisa tranquila y distante que tus hijas habían aprendido a aceptar.
Daniela estaba de pie en los escalones de la entrada con los brazos cruzados sobre su suéter, demasiado mayor para llorar abiertamente, demasiado joven para disimular bien su decepción.
Martina, más pequeña y delicada, apoyó una mano en la puerta de cristal como si pudiera retenerte con solo desearlo con suficiente fuerza.
Rosa permaneció en el vestíbulo con una bandeja de desayuno entre las manos, con la mirada baja, como siempre lo hacía contigo, cautelosa, respetuosa y casi dolorosamente discreta.
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Entonces el coche giró tras los setos, perdiéndose de vista de la casa.
Y comenzó la mentira.