—No necesito tu dinero —dije con calma.
Esa línea fue la que cambió la energía más que ninguna otra cosa.
El padre de Vivienne entrecerró los ojos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
Sostuve su mirada.
“Construí algo”, dije. “En silencio”.
Damien se burló.
—Tenías una panadería —dijo con desdén.
—Tres restaurantes —corregí—. Luego ocho. Luego doce. Todos rentables.
Los murmullos comenzaron de nuevo.
La mandíbula de Damien se tensó.
—Estás exagerando —dijo.
Metí la mano en mi bolso y saqué una carpeta delgada.