—Ojalá hubiera podido acompañarte —dijo, ajustándose la corbata—. Pero tengo una reunión urgente al otro lado de la ciudad.
Sonreí y le dije que no se preocupara. "Le daré un fuerte abrazo al bebé de tu parte".
Él sonrió.
"Dile a Sierra que estoy orgulloso de ella."
Esas palabras resonaron de forma diferente en mi cabeza unas horas después.
Pero esa mañana, me parecieron inofensivos.
El hospital Lakeside olía a antiséptico y a café quemado.
La sala de maternidad era más tranquila de lo que había imaginado; la luz del sol se filtraba por las estrechas ventanas y se reflejaba en los azulejos pulidos. Las enfermeras realizaban sus tareas con serena eficiencia. Los visitantes susurraban. Globos flotaban fuera de las puertas de las habitaciones.
Me acerqué a la recepción.
"Hola, vengo por Sierra Adams", dije alegremente.
La recepcionista sonrió y me indicó el camino por el pasillo.
"Habitación 312."
Mis tacones resonaron suavemente en el suelo.
Y entonces la oí.
La voz de Kevin.