—De acuerdo. —Se acomodó, aún relajado, actuando con naturalidad—. ¿Qué pasa?
—El collar de mamá —indagué—. El colgante de piedra verde que llevó toda su vida. El que me pidió que enterrara con ella.
Parpadeó—. ¿Qué pasa con él?
La prometida de Will lo llevaba puesto.
Algo se movió tras sus ojos. Se echó hacia atrás y se cruzó de brazos. —Eso no es posible. Tú lo enterraste.
—Creí que sí —dije—. Entonces, dime cómo terminó en manos de otra persona.
—Eso no es posible. Tú lo enterraste.
—Maureen, no sé de qué estás hablando.
—Su padre me dijo que se lo compró a un socio hace 25 años —expliqué—. Por 25.000 dólares. El hombre le dijo que era un amuleto de la suerte familiar. Mantuve la mirada fija en su rostro. —Me dijo el nombre del hombre.
—Espera —Dan estaba atónito—. ¿El padre de Claire?
—Sí.
Dan no dijo nada. Apretó los labios y miró la mesa, y en ese momento se parecía menos a mi hermano cincuentón y más al adolescente que solía meterse en líos por hacer cosas que sabía que no debía.
—Me dijo el nombre del hombre.