Una luz roja de emergencia parpadeó en el pasillo, bañando la habitación en destellos de sombra color sangre.
Daniel me agarró la muñeca. —Ven conmigo.
Me solté de un tirón. —No.
Se acercó, con la voz baja y urgente, despojada de la calma impasible de la cena. —Emily, si te quedas en esta habitación, podrías morir.
Antes de que pudiera responder, unos golpes resonaron en la puerta principal. No fueron un solo golpe, sino muchos. Rápidos, enérgicos, oficiales.
—¡Agentes federales! —retumbó una voz—. ¡Abran la puerta!
Se desató el caos.
Su tía sollozaba. Su hermano maldecía. El padre de Daniel se giró hacia el pasillo, y en la luz roja intermitente vi algo nuevo en su rostro: no era ira, ni vergüenza.
Miedo.
Miedo de verdad.
Su madre se puso de pie, gesticulando con tanta vehemencia que sus manos se nublaron. Respondió en lengua de señas americana con fluidez y sin dudarlo.
Me quedé paralizada. Daniel me había dicho, dos años después de empezar nuestra relación, que solo sabía unas pocas señas. Lo suficiente para los cumpleaños. Lo suficiente para decir "Te quiero". Esa mentira me dolió más que la bofetada.
—¿Qué dijo? —exigí.
Daniel me ignoró y se acercó a su madre, colocándose entre ella y su padre. Ella le agarró la manga y volvió a hacer señas. Él me miró entonces, y la máscara que había llevado puesta toda la noche finalmente se resquebrajó.
—Dice que encontraron el sótano.