Esta frase atormentó a Camille mucho después de que se marchara.
Los meses siguientes fueron una lenta guerra de desgaste. Audiencias, opiniones de expertos, comunicados de prensa, rumores. Étienne Delmas tuvo que dimitir temporalmente como presidente de operaciones del grupo. Agnès dejó de ser invitada a varias galas benéficas donde había reinado durante 20 años. Algunas puertas se cerraron de golpe, otras se abrieron para Camille con una especie de curiosidad morbosa, como si se tratara de acercarse a una brillante superviviente de un incendio en la alta sociedad. Aprendió a no confundir el apoyo con el voyeurismo.
Entonces llegó el verdadero punto de inflexión.
La antigua asistente personal de su padre solicitó hablar con la abogada de Camille. Una mujer discreta de 58 años que había trabajado para la familia Delmas durante casi 17 años. Entregó copias de correos electrónicos, memorandos internos y un mensaje de voz en el que Étienne afirmaba con toda claridad que debían "obligar a Camille a ceder antes de la boda, aunque eso significara hacerla parecer inestable si se resistía". También había una conversación entre Agnès y el notario en la que se hablaba de "la importancia de preparar a Elena para que pareciera sorprendida, no cómplice".
Cuando Camille escuchó la grabación en el despacho del maestro Valory, sintió náuseas. No porque descubriera su verdadera naturaleza, sino porque cada detalle demostraba que la escena en el castillo no había sido un simple desliz. Era la fase final de un plan. Una fase en la que la habían invitado a desnudarse públicamente, aprovechándose de su instinto más primario: ceder para evitar el escándalo.
El proceso dio un giro dramático. La versión familiar de la "discusión trágica" se desmoronó. Étienne fue acusado de agresión. El intento de manipulación financiera fue reconocido oficialmente en el juicio civil. Los medios de comunicación aprovecharon este nuevo enfoque: ya no se trataba solo del padre violento, sino de la fría y calculadora maquinaria de una familia poderosa, decidida a sacrificar a su propia hija para proteger a otro niño, más dócil, más dócil, más acorde con la imagen que querían proyectar.
Agnès intentó un último contacto, una llamada a altas horas de la noche que Camille contestó casi en contra de su voluntad.
—Lo estás quemando todo —dijo su madre en voz baja—. No quedará nada.
Camille miró por la ventana de su apartamento parisino, hacia los faros que se deslizaban sobre el bulevar mojado, y sintió una paz inesperada que surgía en su interior.
— Sí. Lo que no era tuyo, seguirá siéndolo.
— Somos tu familia.
—No —respondió ella—. Eras mi compañero habitual.
Su madre colgó el teléfono.