La habitación de Lily permanecía intacta. Sus materiales de arte seguían esparcidos sobre el escritorio, con crayones rodando cerca de un girasol a medio pintar que nunca terminó. Su lámpara rosa seguía enchufada, brillando suavemente por la noche, como si esperara su regreso. Me detenía en el pasillo, frente a su puerta, casi esperando que saliera de repente y me asustara como solía hacerlo.
Nunca lo hizo.
Mi esposo, Daniel, había regresado a casa hacía solo unos días. Se movía despacio, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera destrozar las pocas fuerzas que le quedaban. Apenas hablaba. Cuando lo hacía, su voz sonaba distante, hueca. Las noches eran lo más difícil para él, y rara vez lograba conciliar el sueño sin dificultad.
Casi todas las mañanas, me despertaba antes del amanecer. Me sentaba a la mesa de la cocina, con las manos aferradas a una taza que hacía rato que se había enfriado, mirando el patio trasero a través del cristal empañado. En la taza se leía «La mejor mamá del mundo», escrito con rotulador de colores. Lily me la había regalado la primavera anterior.
Esa mañana, me dije que tomaría un sorbo. Solo uno. Algo normal.
Mis manos no se movían.
Algunas de las pertenencias de Lily habían desaparecido después del accidente. Entendía por qué, pero eso no lo hacía más fácil. Cada objeto se sentía como una parte de ella encerrada tras una puerta que no podía abrir. Entre ellas estaba su suéter amarillo favorito. Suave, brillante y alegre, era su prenda predilecta para los fines de semana. Cuando lo llevaba puesto, la reconocía en cualquier parte.
Extrañaba ese suéter más de lo que esperaba.
Daniel seguía durmiendo arriba, respirando con dificultad. No quería despertarlo. Necesitaba descansar, aunque fuera a ratos cortos e interrumpidos.
Estaba mirando hacia la niebla cuando lo oí.