Cuando Evan llegó a casa esa noche, estaba en el sofá con una manta en mi regazo, fingiendo ver la televisión.
Él sonreía como si todo fuera normal.
Se inclinó y besó mi cabeza. Mantuve mi cara quieta.
“¿Cómo te sientes?” Me preguntó.
– Dolor -dije-.
Se inclinó y besó mi cabeza. Mantuve mi cara quieta.
“Deberías tomarlo con calma”.
“Yo soy”.
Fue a lavarse las manos. Miré el pasillo y pensé: Tú la tocaste y luego llegaste a casa y me tocaste.
Casi dejo caer el teléfono del nervio puro.