Pagaba las deudas por adelantado.
Donaba discretamente a proyectos de conservación y becas.
Jamás le dijo a su madre su número de teléfono.
Eso último la enfurecía.
Marjorie odiaba los misterios que no podía controlar.
Al principio, disimulaba su resentimiento con preocupación.
En las cenas, preguntaba si Bradley seguía con ese pequeño trabajo de consultoría.
Le recordaba que la familia debía saberlo por si acaso.
Se reía a carcajadas y decía que esperaba que no me confiara todas las contraseñas, porque las mujeres podían ser impredecibles cuando había dinero de por medio. Bradley solía dejar pasar esos comentarios.
Pero una noche, después de que ella se fuera de nuestro apartamento, cerró la puerta con llave, apoyó la frente contra ella y dijo en voz muy baja: «A mi familia no le gusta la información.
Les gusta tener acceso».
Esa fue la noche en que finalmente me contó lo peor.