Una maleta de mano estaba sobre el sofá donde Bradley solía leer por las noches.
Dos de sus primos estaban en el pasillo apilando cajas.
Sobre la mesa del comedor, junto al cuenco donde guardábamos las llaves, reposaba una lista escrita a mano con la letra aguda e inclinada de Marjorie Hale: ropa, aparatos electrónicos, documentos.
Y justo al lado de la entrada, intacta pero completamente irrespetada, yacía la urna provisional de Bradley junto a las flores del funeral.
Aquella escena me impactó profundamente.
No porque me hiciera llorar.
Sino porque me mostró la rapidez con la que algunas personas pasan del duelo al saqueo.
Marjorie se giró al oír la puerta.
No jadeó.
No parecía avergonzada.
Simplemente levantó la barbilla como siempre hacía cuando creía ser la única adulta en la habitación.
«Has vuelto», dijo.
Me quedé en el umbral, con los tacones colgando de una mano, la cabeza ligera por no haber comido, el cuerpo tan agotado que no me sentía real.
«¿Qué haces en mi casa?», pregunté.