Me dijo que sospechaba que ella aún tenía una copia, pero que quería paz, no otra discusión.
Ahora estaba allí, usando esa vieja llave como si fuera suya.
Fiona abrió de golpe el cajón del escritorio de Bradley.
Los papeles se movieron.
Algo dentro de mí se tensó.
—No toques eso —dije.
Se giró, con una expresión teñida de una especie de cruel satisfacción.
—¿Y quién eres ahora? —preguntó.
—Una viuda.
Eso es todo.
Hay palabras que hieren.
Y hay palabras que aclaran.
Esa lo aclaró todo.
Me reí.
La risa me surgió antes de poder contenerla.