Un año después del divorcio, me volvieron a llamar para presenciar la lectura del testamento familiar. Se rieron cuando entré en la sala, pensando que solo era un recuerdo del pasado… hasta que leyeron el testamento y todos se quedaron atónitos.

No fue una petición.
No fue una invitación.
Fue una orden.

Cuando entré, ni siquiera me molesté en sentarme.

Me quedé cerca de la puerta, con los brazos cruzados, como si quedarme quieta pudiera calmar la tormenta que llevaba dentro.

Al otro lado de la sala, el abogado se ajustó las gafas y asintió cortésmente.

“Señora Álvarez, me alegra que haya decidido asistir.”

—No tenía muchas opciones —respondí secamente.

Ordenó cuidadosamente los papeles que tenía delante.

—Es cierto —dijo con voz firme.

Luego añadió algo que hizo que el aire se sintiera más denso.

“Pero lo harás.”

El silencio se prolongó de forma incómoda.

Y entonces lo sentí.

Su presencia detrás de mí.

Familiar. Irritante. Indeseable.

Diego.
Camila.
Doña Teresa.

Diego, mi exmarido.
Camila, su antigua asistente… ahora su pareja.
Doña Teresa, su madre, una mujer capaz de convertir la dulzura en veneno.
Diego fue el primero en romper el silencio.
—Lucía —dijo con impaciencia—, siéntate para que podamos terminar con esto de una vez.

—Estoy bien de pie —respondí fríamente.

Doña Teresa chasqueó la lengua.