“Ahora leeré el último testamento del señor Ricardo Mendoza.”
Diego suspiró.
“Sí, por favor. No perdamos el tiempo.”
Camila sonrió con confianza.
Doña Teresa juntó las manos con tranquila superioridad.
No me moví.
El abogado comenzó.
“A mi familia… y a cualquiera que considere necesario escuchar estas palabras.”
Hizo una breve pausa.
“Si estás escuchando esto, significa que ya no estoy aquí.”
El silencio se hizo más profundo.
“A Diego, hijo mío… te dejo lo que has demostrado saber gestionar mejor que cualquier otra cosa.”
Diego se inclinó hacia adelante, sonriendo.
“Les dejo a ustedes la decisión.”
Su sonrisa se congeló.
—¿Qué significa eso? —murmuró.
El abogado continuó con calma.
“Todas y cada una de ellas, buenas o malas. Porque son las únicas cosas que realmente te pertenecen.”
Camila frunció el ceño.
La mandíbula de Doña Teresa se tensó.
—¿Y los activos? —espetó—. Ve al grano.
El abogado la ignoró.