Y por primera vez esa noche, el silencio se rompió de una manera que ninguna oración podría controlar.
No porque la gente se sorprendiera de que viniera.
Porque vieron que le temblaban los hombros.
Porque la vergüenza finalmente había llegado a un cuerpo humano.
Porque el perro le había dado la bienvenida antes de que nadie más pudiera decidir si se lo merecía.
Marta debería haberlo odiado.
Probablemente mucha gente allí lo hizo.
Habían visto envejecer a Mercedes mientras lo esperaban.
La habían visto ocultar su decepción en cada cumpleaños.
La habían ayudado hasta la puerta.
Habían tenido que soportar innumerables excusas.
Sin embargo, en ese momento, con el perro a su lado y el ataúd a solo unos metros de distancia, el odio parecía demasiado simple.
La verdad era más pesada.
No se trataba de un villano que entraba en escena.
Este era un hijo que llegó lo suficientemente tarde como para comprender lo que realmente significa llegar tarde.
Tomás se puso de pie después de un largo minuto.
Se secó la cara.
Intentó decir algo a la sala, pero fracasó.
Luego miró hacia el ataúd.
Un paso.
Luego otro.
Sol se quedó con él.
Al llegar al frente, se detuvo junto a la silla vacía.
Su silla.
Aquella que su madre había reservado en su ausencia mucho antes de que alguien la colocara allí en forma de plástico.
El sacerdote retrocedió.
Marta retrocedió.
Toda la habitación, repleta de flores y tristeza, parecía abrirse paso para ese momento.
Tomás miró a su madre.
En el vestido cuidadoso.