Colocaron dos sillas junto al ataúd, una para el hijo que nunca llegó… y otra para la perrita que se negaba a irse.-nghia

Tenía una oreja que se doblaba de forma extraña y la otra que se mantenía erguida cuando estaba alerta.

Se le notaban un poco las costillas porque siempre había sido menuda.

Su pelaje era del color dorado polvoriento de un camino que había visto demasiados veranos.

Pero cualquiera que hubiera conocido a Doña Mercedes sabía que para la anciana, Sol había sido algo más que una mascota.

Ella había sido rutinaria.

Compañía.

Testigo.

El último latido dentro de una casa que se había vuelto demasiado silenciosa.

Mercedes había encontrado a Sol ocho años antes, al borde de la carretera estatal.

El cachorro había estado temblando en una zanja después de una tormenta.

Los coches pasaban a toda velocidad.

Nadie se detuvo.

Mercedes lo hizo.

Regresaba del mercado con cebollas, arroz y detergente en dos bolsas de tela.

Sus rodillas ya estaban mal entonces.

Ya le duelen las manos por las mañanas.