Colocaron dos sillas junto al ataúd, una para el hijo que nunca llegó… y otra para la perrita que se negaba a irse.-nghia

Pero dejó las bolsas en el suelo, se adentró en el barro y alzó en brazos aquel cuerpecito tembloroso.

—Bueno —le había dicho a la cachorrita, según Marta, que lo oyó todo desde la valla—, parece que ahora las dos tenemos con quién esperar.

Esa se había convertido en la norma de sus vidas.

Una vida pequeña.

Una vida repetitiva.

De esas que los de fuera llamarían tristes porque no saben cuánta ternura puede caber en las cosas sencillas.

Por las mañanas, Mercedes barría la entrada de la casa.

Sol siguió a la escoba y atacó los extremos de la paja.

Al mediodía, Mercedes estaba sentada junto a la ventana de la cocina mientras las judías se cocinaban a fuego lento.

Sol dormía debajo de la mesa.

Por las tardes, iban a la puerta.

Siempre hasta la puerta.

Siempre de cara a la carretera.

Siempre esperando.

Esperando a Tomás.