Αhora estaba agachada, con voz suave, la mano extendida hacia Martina como si no acabara de golpear a la mujer que la protegía.
Rosa permanecía rígida detrás de las niñas, con una palma contra la mejilla, la mirada baja en la vieja postura de supervivencia de quien había aprendido que mostrar dolor a menudo provocaba más. Daniela te miró primero.
La expresión de su rostro no era de alivio. Era algo más devastador.
Era reconocimiento.
Como si una parte de ella siempre se hubiera preguntado cuánto necesitabas ver con tus propios ojos antes de creer lo que sucedía frente a ti.
—Papá —sollozó Martina, y se abalanzó sobre ti.Có thể là hình ảnh về TV
La alcanzaste en plena carrera y la sujetaste con más fuerza de la que pretendías. Su pequeño cuerpo tembló contra el tuyo como un pájaro atrapado.
Daniela se quedó inmóvil, con la mandíbula apretada, la ira y el dolor reflejados en su rostro de una forma que ninguna niña de once años debería haber tenido que soportar.
Patricia se levantó lentamente, elegante como siempre, con una expresión de inocencia herida.
—Emiliano —dijo, con la mano en el pecho—, gracias a Dios. Rosa los ha estado envenenando en mi contra.
La frase era casi hermosa por su audacia.