Ejemplos claros se encuentran en las historias de Abraham, quien compró una tumba para Sara, y de José, cuyo cuerpo fue llevado de Egipto para ser sepultado en Canaán.
A pesar de esta tradición, el método de sepultura jamás limitará el poder supremo del Creador. La fe cristiana enseña que la voluntad de Dios garantiza la resurrección final, independientemente de que el cuerpo físico se reduzca a cenizas.
Lo que verdaderamente importa es honrar al difunto confiando plenamente en el propósito eterno y la gracia incondicional del Señor.