“Vine a cobrar la deuda que le debes a mi mamá”, dijo la niña al hombre más temido de la ciudad…

Parecía que la ciudad entera estaba contenida bajo un mismo peso, como si el cielo supiera que algo había cambiado para siempre.

Emilia no volvió a su habitación.

Se quedó en el pasillo, en silencio, con la espalda apoyada contra la pared fría y el oso de peluche apretado contra su pecho. No lloraba. No temblaba. Solo pensaba.

Pensaba en el sonido.

En ese momento exacto en el que el auto había frenado de golpe.

En la respiración de su madre.

En el hombre.