No lo había visto completamente… pero recordaba algo.
Siempre recordaba algo.
Dentro del despacho, Damián permanecía de pie frente a la ventana. La información que Marcos acababa de traer no era solo preocupante… era una declaración de guerra.
—Montalvo no deja cabos sueltos —dijo Marcos, en voz baja—. Si la niña estaba allí…
Damián cerró los ojos un instante.
—Entonces volverá.
No fue una suposición.
Fue una certeza.
Al otro lado de la casa, Emilia caminó lentamente hacia las escaleras. Nadie la detuvo.
Nadie notó cómo sus pasos, aunque pequeños, eran decididos.
Subió.
Pasó frente a varias puertas.
Hasta llegar a una que estaba entreabierta.
El despacho.
Se asomó.
Damián y Marcos no la vieron de inmediato.
—Necesitamos moverla —decía Marcos—. Un lugar seguro. Fuera de la ciudad.
—No —respondió Damián.
—Señor, con todo respeto—
—Dije que no.
El tono fue final.
Pesado.
—Si la saco de aquí, la convierto en presa fácil. Aquí… puedo controlarlo todo.
Marcos dudó.
—¿Y si Montalvo entra?
Damián no respondió de inmediato.
Solo giró ligeramente el rostro.
Y fue entonces cuando la vio.
Emilia.
En la puerta.
Mirándolo.
No había miedo en sus ojos.