Había algo más.
—Yo sé quién fue —dijo la niña.
El aire se congeló.
Marcos reaccionó primero.
—Señor, no es buena idea que—
—Déjanos.
Marcos dudó un segundo… pero obedeció.
La puerta se cerró.
Silencio.
Damián se inclinó ligeramente, bajando a su altura.
—¿Qué viste?
Emilia apretó más fuerte su peluche.
—No vi su cara… pero sí su anillo.
Damián frunció el ceño.
—¿Anillo?
La niña asintió.
—Grande… negro… con una cosa dorada… como un león.
El corazón de Damián se detuvo un segundo.
No era posible.
Pero sí lo era.
Sabía exactamente quién usaba ese símbolo.
Y no era Montalvo.
Era alguien más.
Alguien que no debía estar involucrado.
Alguien dentro.
Tres horas después, la casa ya no era la misma.
Los accesos reforzados.
Los hombres armados.
Los sistemas activos.
Pero no era suficiente.
Nunca lo era cuando la traición venía desde dentro.
Damián caminaba por el pasillo con pasos firmes, mientras su mente reconstruía piezas que llevaba años ignorando.
El león dorado.
Un símbolo antiguo.
Un juramento roto.