Era el hijo de mi antiguo socio.
Un hombre al que yo misma había visto crecer en las salas de juntas… educado, impecable, con una sonrisa perfecta y una ambición que siempre me pareció demasiado limpia para ser real.
Y, sobre todo…
Era el prometido que mi hija rechazó treinta años atrás.
El mismo escándalo que había roto mi familia.
El mismo nombre que había marcado el inicio del silencio.
Abrí los ojos lentamente.
—Eso es imposible —susurré.
Pero en el fondo sabía que no lo era.
Todo encajaba de una forma demasiado cruel.
El doctor Herrera bajó la voz.
—Cuando lo mencionamos, su nieta entró en un estado de pánico severo. Reacción de trauma. No hay duda.
Sentí cómo algo dentro de mí dejaba de ser humano.
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