No era dolor.
Era otra cosa.
Algo más frío. Más preciso.
—¿Dónde está Valeria? —pregunté.
—Descansando. Le hemos dado un sedante suave.
Asentí.
—Que nadie la moleste.
Me di la vuelta sin decir nada más y caminé por el pasillo de mármol, cada paso resonando con una claridad que hacía eco en toda la casa.
Entré en mi despacho.