Se fue.
Y entonces… por primera vez en décadas…
me permití sentir.
Me apoyé sobre el escritorio y cerré los puños con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Mi nieta.
Mi sangre.
Encerrada, golpeada… destruida por alguien que yo había dejado entrar en mi mundo.
No.
No era solo eso.
Peor.
Yo había ignorado las señales hace años.
La obsesión silenciosa de Arturo por el control.
Su forma de mirar a las mujeres como si fueran piezas.
Yo lo vi.
Y elegí no verlo.
Porque en aquel entonces… me convenía.
Esa culpa cayó sobre mí como una losa.
Pero no me rompió.
Me afiló.
Esa misma noche entré en la habitación de Valeria.
La luz era tenue. El aire cálido. Todo olía a limpio.
Ella dormía.
Por primera vez en quién sabe cuánto tiempo… dormía sin miedo.
Me acerqué despacio.
Luz estaba en una cuna transparente al lado de la cama, conectada a un pequeño monitor. Su respiración era débil, pero constante.
Puse una mano sobre la barandilla.
Tan pequeña.
Tan frágil.
Y aun así… viva.
Como su madre.
Valeria se movió ligeramente en la cama.
Susurró algo.
Me acerqué más.
—No… por favor… no otra vez…
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Le tomé la mano con cuidado.
—Ya terminó —le dije en voz baja—. Nadie va a volver a tocarte.