Era un depredador protegido por dinero.
Cerré el expediente lentamente.
—¿Sabe que la tenemos aquí? —pregunté.
—Aún no —respondió Salgado—. Pero eso no va a durar.
Asentí.
—Perfecto.
—¿Cuál es el siguiente paso?
Lo miré.
Y por primera vez en muchos años… sonreí sin calidez alguna.
—Ahora… lo vamos a dejar venir.
Salgado frunció el ceño.
—¿Está segura?
—Sí.
Me levanté.