La esposa del magnate quiso humillarla en una gala… pero la empleada apareció usando el vestido que dejó a todo el salón en shock

Mariana bajó el primer escalón con la serenidad de una reina que no necesita anunciarse.

No apresuró el paso.

No bajó la cabeza.

No sonrió.

Y, sin embargo, cada persona en el salón sintió lo mismo: que algo acababa de cambiar para siempre.

Las lámparas de cristal del Hotel Imperial lanzaban destellos sobre el vestido marfil, haciendo que pareciera vivo. Cada cristal cosido a mano devolvía la luz como si guardara fuego dentro.

Regina Alcázar, inmóvil junto a su mesa, sintió que la garganta se le cerraba.

Lo peor no era el vestido.

Lo peor era la forma en que todos miraban a Mariana.

Con respeto.

Con asombro.

Con esa fascinación que Regina había perseguido toda la vida con cirugías discretas, vestidos carísimos y apariciones estudiadas… y que aquella mujer acababa de conseguir sin esfuerzo.

—Eso no puede estar pasando… —murmuró Fernanda, apretando el brazo de Paola.

—Dime que esto es una broma —dijo Paola, pálida.

Pero no era una broma.

Era la clase de verdad que entra a una habitación y desnuda a todos.

Mariana llegó al último escalón.

El maestro de ceremonias, que segundos antes había intentado continuar con el programa, se quedó callado al verla pasar.

Varios invitados se apartaron sin que ella dijera una sola palabra.

Un empresario mayor, conocido en todo Polanco por su arrogancia, incluso inclinó levemente la cabeza al reconocerla.

Regina lo vio.

Y el hielo le recorrió la espalda.

—¿La conoces? —le preguntó, casi sin voz, cuando el hombre pasó cerca de su mesa.