Él la miró como si no entendiera la pregunta.
—Todo el mundo que importa conoce el apellido Obregón —respondió—. Aunque la familia se deja ver muy poco.
Regina sintió el golpe en el pecho.
Obregón.
Obregón.
Ahora sí lo recordaba.
Revistas internacionales.
Colecciones privadas.
Pasarelas en París, Milán, Nueva York.
Una casa de moda legendaria.
Discreta.
Inalcanzable.
Y de pronto la sangre le abandonó el rostro.
No.
No podía ser.
Miró a Mariana otra vez, esta vez como si realmente la viera por primera vez.
La postura elegante.
La manera de caminar.
La educación impecable.
La calma.
Dios mío.
Todo ese tiempo había confundido dignidad con sumisión.
Mariana se detuvo justo frente a la mesa de Regina.
A su alrededor, el salón completo observaba.
Ya nadie fingía hablar de otra cosa.
Regina intentó recomponerse.
Enderezó los hombros.
Forzó una sonrisa temblorosa.
—Mariana… qué sorpresa verte aquí —dijo, queriendo sonar natural y elegante, pero la voz le salió seca—. No sabía que… que tenías este tipo de conexiones.
Mariana la miró.
Su expresión era tranquila, casi compasiva.
Y eso humilló más a Regina que si le hubiera escupido en la cara.
—Usted me invitó, señora Alcázar —respondió Mariana con suavidad—. Yo solo acepté.
Algunas personas cercanas soltaron un murmullo incómodo.
Fernanda apartó la mirada.