Paola se quedó tiesa.
Regina apretó los dientes.
—Bueno… nadie esperaba… esto.
Mariana inclinó apenas la cabeza.
—No. Supongo que no.
Antes de que Regina pudiera responder, una voz masculina resonó desde la entrada principal del salón.
—Mi hija nunca llega tarde. Solo hace entradas memorables.
Todo el salón volvió a girar.
Un hombre de cabello plateado, traje negro impecable y presencia devastadora acababa de entrar acompañado por una mujer elegante de porte sereno. No necesitaban presentación, pero aun así la recibieron los susurros, las exclamaciones ahogadas y el silencio reverente de quienes entendían que estaban viendo a personas acostumbradas a mover fortunas sin levantar la voz.
León Obregón y Elena Varela de Obregón.
Los fundadores de la legendaria casa de moda.
Los padres de Mariana.
Regina dejó escapar un sonido ahogado.
Fernanda dio un paso atrás.
Paola casi tiró su copa.
León Obregón llegó hasta Mariana y le ofreció su brazo. Ella lo tomó con naturalidad, como si no llevara meses limpiando casas ajenas ni hubiera pasado días enteros en silencio soportando desprecios.
Como si nada de eso pudiera tocar lo que era.
Elena, por su parte, se acercó a Regina.
Y sonrió con cortesía impecable.
—Buenas noches —dijo—. Quería agradecerle algo.
Regina tragó saliva.
—¿Agradecerme?
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—Sí. —La sonrisa de Elena no cambió—. Hacía tiempo que mi hija quería recordarse a sí misma quién merecía realmente estar cerca de ella y quién no. Usted le ha dado una lección muy útil.
La piel de Regina ardió.
Sintió que el salón entero acababa de oír su sentencia.
—Yo… creo que hay un malentendido —balbuceó.
—¿De verdad? —preguntó Elena, con una delicadeza que cortaba más que un insulto—. Porque según entendí, usted invitó a mi hija esperando que sirviera de espectáculo. Lo admirable es que, incluso así, ella haya tenido la elegancia de venir.
Mariana intervino entonces, con voz tranquila:
—Mamá, está bien.
Elena la miró un segundo.
Luego asintió.
Pero el daño ya estaba hecho.
Regina quería desaparecer.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
El maestro de ceremonias volvió al escenario y golpeó suavemente el micrófono.
—Damas y caballeros —anunció, visiblemente nervioso—, antes de continuar con la subasta de esta noche, la Fundación Luz de Vida desea hacer un reconocimiento especial a la persona que, de manera anónima, ha financiado durante los últimos ocho meses el tratamiento de cuarenta y tres niños con cáncer en hospitales públicos de la Ciudad de México.
Un silencio reverente cayó sobre el salón.
Regina intentó aprovecharlo para recuperar algo de compostura.
Levantó la barbilla. Pensó, por un instante ridículo, que quizá aquel reconocimiento sería para alguno de sus conocidos y la atención se desviaría por fin.
Pero entonces el maestro de ceremonias continuó:
—La benefactora pidió expresamente no ser nombrada… pero esta noche, por circunstancias extraordinarias, ha aceptado que conozcamos su identidad. Señoras y señores… la donante es la señorita Mariana Obregón.
El salón estalló.
No en risas.
No en chismes.
En aplausos.
Aplausos reales. Largos. Profundos.
De esos que no se pueden fingir.
Regina sintió que el cuerpo se le vaciaba por dentro.