Regina sintió que la respiración se le cortaba.
Imágenes rotas empezaron a aparecerle en la cabeza.
Una mujer joven limpiando una bandeja derramada.
Su propia voz adolescente repitiendo crueldades que le escuchaba a su madre.
Risas.
Desprecio.
Teresa bajando la cabeza.
—Yo… yo era una niña —susurró Regina.
Mariana la miró con firmeza.
—Sí. Y los niños aprenden viendo. Por eso los adultos deben tener cuidado con la crueldad que normalizan.
Regina sintió ganas de llorar, pero se contuvo.
—¿Qué pasó con ella? —preguntó, casi en un hilo de voz.
Por primera vez, los ojos de Mariana se llenaron de tristeza.
—Murió hace cuatro años.
Regina cerró los ojos un segundo.
—Lo siento…
—Yo también —respondió Mariana—. Porque aun así, antes de morir, nunca habló de ustedes con odio. Decía que las personas crueles suelen ser personas vacías, y que algún día la vida les pone un espejo enfrente.
La lluvia golpeó más fuerte la calle.
Regina bajó la cabeza.
El espejo había llegado esa noche.
Y era implacable.
Pasaron tres semanas.
En las páginas de sociales, la noticia aún seguía dando vueltas: La misteriosa heredera que apareció en la gala benéfica. Nadie habló directamente del papelón de Regina, pero en ciertos círculos el silencio era peor que el escándalo.
Algunas amigas dejaron de llamarla.
Dos marcas cancelaron colaboraciones con su fundación.
Y por primera vez, Regina se encontró sola en una casa demasiado grande, demasiado brillante y demasiado vacía.
Caminó por los pasillos donde tantas veces había corregido flores, acomodado cojines y exigido perfección.
Pero ahora todo le parecía hueco.
En la cocina vio una taza sencilla que Mariana solía usar para tomar café en cinco minutos de descanso.
Regina la tomó con las dos manos.
Y, sin saber por qué, se echó a llorar.
No lloró por la vergüenza.
Ni por la reputación.
Ni por las fotos, ni por las burlas.
Lloró porque empezó a comprender algo terrible:
había pasado años enteros convirtiéndose en la clase de mujer que alguna vez juró no ser.
Una mujer incapaz de mirar el dolor ajeno.
Una mujer tan obsesionada con parecer importante que olvidó cómo ser decente.
Esa misma tarde pidió la dirección de Mariana.
No fue fácil conseguirla.
Cuando por fin estuvo frente a la casa Obregón, no supo si tocar o huir.
Era una residencia elegante pero sobria, escondida entre árboles en una zona antigua de San Ángel. No gritaba riqueza. La respiraba.