Tocó.
Una empleada abrió.
Regina tragó saliva.
—Vengo a ver a Mariana Obregón. Solo… solo necesito cinco minutos.
La hicieron esperar en una sala luminosa, llena de libros, bocetos y fotografías familiares.
Nada de ostentación vulgar.
Todo tenía historia.
Minutos después Mariana entró, vestida de manera sencilla, sin maquillaje llamativo, con el cabello recogido.
Sin el vestido de gala, sin el brillo del evento, seguía imponiendo más que cualquiera en una alfombra roja.
Regina se puso de pie.
Llevaba en las manos una caja pequeña.
—No vengo a justificarme —dijo de inmediato, antes de perder el valor—. Sé que no hay excusa.
Mariana no dijo nada.
—Vengo a pedirte perdón —continuó Regina—. No por lo que pasó en la gala. Eso me lo gané. Vengo a pedirte perdón por cada palabra, cada mirada, cada humillación… y por haberme creído superior a ti solo porque podía pagarte.
Abrió la caja.
Dentro había un par de aretes antiguos, finos, elegantes.
—Eran de mi abuela —dijo—. No te los traigo como pago. Sé que tu dignidad no se compra. Solo… encontré una carta entre sus cosas hace unos días.
Sacó un sobre doblado.
Las manos le temblaban.
—La carta era para Teresa.
Mariana frunció levemente el ceño.
Regina se la entregó.
Para obtener más información,continúa en la página siguiente
—Mi abuela nunca se atrevió a dársela. En esa carta le pedía perdón. Decía que Teresa había sido la única persona que la cuidó de verdad cuando estuvo enferma… y que la avergonzaba haberla tratado con dureza por miedo a reconocer cuánto la necesitaba.
Mariana abrió el sobre con lentitud.
Leyó en silencio.
Y al llegar a la mitad, sus ojos se humedecieron.
Regina la observó sin atreverse a hablar.
Mariana terminó la carta, la dobló otra vez con mucho cuidado y apretó los labios.
—Mi tía la habría guardado toda la vida —dijo en voz baja.
El silencio entre ambas ya no era el mismo.
Seguía doliendo.
Pero había verdad en él.