El hombre que había pagado por una viuda fuerte para sobrevivir a la sierra se quedó sin aliento cuando del carruaje bajó una mujer vestida de seda verde, tan fina y aterrada que parecía condenada a morir antes de llegar a la primera helada.
Mateo Barragán tenía 41 años y las manos endurecidas por 12 inviernos en la Sierra Tarahumara. Vivía arriba de Creel, en una cabaña colgada entre pinos, barrancas y un viento que en diciembre mordía como animal rabioso. Cazaba, ponía trampas, cambiaba pieles por sal, y cuando la suerte lo empujaba, trabajaba unos meses en vetas de plata olvidadas por media Chihuahua. No era un hombre hecho para las palabras ni para la compañía. El invierno anterior, atrapado 3 meses por la nieve, se había descubierto hablando con sus 2 mulas, Sansón y Mora, como si fueran familia.
Por eso había puesto un anuncio en un periódico de matrimonios de Durango. No buscaba romance. Buscaba una compañera que supiera cortar leña, curtir carne, soportar el hielo y no desmoronarse ante el silencio. La carta que recibió después le había gustado de inmediato. Estaba firmada por Marta Salcedo, una viuda de 33 años de Zacatecas, práctica, directa, sin adornos. Preguntó por harina, por techo, por agua, por leña, por gallinas. Mateo respondió con la misma honestidad seca con la que disparaba: arriba no había lujos, solo trabajo, frío y una vida dura. Ella aceptó. Él pagó el viaje.
Y ahora, en vez de Marta, la mujer que descendía del carruaje en la plaza polvosa de Batopilas parecía salida de un salón de la capital.
Los hombres que bebían frente a la cantina dejaron de reír. El encargado del correo, Don Eliseo, bajó el baúl del techo de la diligencia sin apartar los ojos de aquella desconocida. El vestido estaba manchado en el bajo, pero seguía siendo caro. El terciopelo negro del abrigo no podía ocultar que sus manos eran delicadas, sin una sola marca de trabajo. Y, aun así, lo que más llamó la atención de Mateo no fue su belleza, sino el miedo salvaje que le temblaba en los ojos.
Se acercó con las botas hundiéndose en el lodo helado.
—Señora —dijo con una voz tan grave que ella se estremeció—. ¿Viene alguien más con usted?
—No —contestó ella, apretando una pequeña maleta de cuero contra el pecho—. Soy la última pasajera.
Mateo frunció el ceño.
—Estoy esperando a Marta Salcedo.
Ella tardó apenas 1 segundo en responder, pero a él le bastó para saber que mentía.
—Yo soy quien viene en su lugar, señor Barragán.
El silencio cayó sobre la calle.
Don Eliseo carraspeó, incómodo.
—La señorita trae sus cartas, Mateo. Las enseñó antes de subir en Parral. Dice tener derecho al arreglo.
La mujer abrió la maleta con dedos temblorosos y sacó la carta que él había enviado 6 semanas atrás. Era la suya. Nadie podía discutir eso. Levantó la barbilla con una dignidad que no alcanzaba a esconder la desesperación.
—Mi nombre es Elena Salcedo —dijo—. Marta era mi hermana. Murió antes de emprender el viaje. Yo vine por ella.
Mateo la miró de arriba abajo. No parecía viuda, ni campesina, ni mujer criada para destripar un venado. Parecía porcelana a punto de quebrarse.
—Usted no ha cargado ni un cubo de agua en su vida.
—Las cosas cambian.
—Y también las mentiras.
El color abandonó el rostro de Elena, pero no retrocedió.
—Si me rechaza, no tengo adónde ir.
Mateo volvió el rostro hacia las montañas. El cielo ya se estaba cerrando con nubes pesadas. Se acercaba una tormenta temprana. El campamento minero de Batopilas estaba lleno de hombres solos, borrachos y desesperados. Dejar allí a una mujer así equivalía a arrojar carne fresca a una jauría.
No la quería. No confiaba en ella. No era la esposa que había pedido. Pero tampoco era capaz de verla pudrirse en esa calle.
—Suba su baúl al carretón —ordenó a Don Eliseo.
Luego miró a la desconocida.
—Nos esperan 5 horas de subida. Si se desmaya, no pienso cargarla.
Elena caminó hacia el carretón envuelta en un temblor que no era solo de frío. Durante el ascenso por los riscos, el viento fue cortando la piel como cuchillo. Ella no se quejó ni 1 vez. Solo tembló en silencio hasta que Mateo, maldiciendo entre dientes, se quitó su enorme abrigo de piel y se lo lanzó encima.
—Póntelo.
—Usted se va a congelar.
—Yo llevo 12 años aquí arriba. Usted no aguanta ni 10 km más.
La noche cayó cuando llegaron a la cabaña. Era sólida, baja, hecha de troncos oscuros, con un techo inclinado cargado de escarcha y una sola chimenea echando humo hacia el cielo morado. Para Mateo era refugio. Para Elena, parecía el borde del mundo.
Adentro había 1 mesa, 2 sillas, una estufa de hierro, repisas con frascos, carne seca colgada y una sola cama cubierta con pieles.
Elena se quedó inmóvil al verla.
Mateo dejó el rifle junto a la puerta.
—Yo duermo junto al fogón.
Ella se volvió hacia él, con vergüenza y rabia mezcladas.
—No soy una estafadora.
Mateo empezó a avivar el fuego.
—Sus manos no son de rancho. Su vestido vale más que todo lo que hay en esta cabaña. Y tiene la marca de un anillo recién arrancado. Usted no vino por su hermana. Usted huyó de alguien.
Elena se quedó en medio de la habitación, pequeña dentro de la franela y la piel ajenas.
—Si ya sabe que miento, ¿por qué me trajo?
Mateo la miró de frente, duro como la piedra.
—Porque quien sea que la esté cazando no va a buscarla a 3,000 m de altura en medio de una tormenta.
Afuera, el viento golpeó la cabaña con una furia que hizo crujir las paredes.
Elena tragó saliva.
—Sí van a venir —susurró—. Y cuando lo hagan, también lo van a matar a usted.