Parte 2
La primera semana fue un desastre, pero no por cobardía. Elena no sabía hervir café sin quemarlo, se cortó 2 veces intentando limpiar una trucha y lloró en silencio la tarde en que Mateo le pidió desplumar una codorniz. Sin embargo, nunca pidió volver abajo ni se escondió en la cama a compadecerse. Se limpiaba las lágrimas con rabia, apretaba los dientes y volvía a intentarlo. Sus manos, suaves al llegar, se llenaron de ampollas cargando leña, acarreando agua del arroyo medio congelado y amasando tortillas torcidas que Mateo se comía sin comentar nada. Poco a poco cambió el vestido inútil de seda por un pantalón viejo de lona y una camisa de franela que le quedaba enorme. El color volvió a sus mejillas, y la cabaña, que por años había parecido tumba, empezó a sentirse como casa. Por las noches, Elena remendaba camisas rotas con puntadas finísimas mientras Mateo limpiaba trampas o afilaba cuchillos. Hablaban poco, pero el silencio ya no era hostil. Todo se rompió el 8 día. Afuera rugía una ventisca espesa cuando Mateo se abrió la palma con una astilla al partir un tronco. Entró dejando gotas de sangre sobre el suelo y le pidió vendas. Elena corrió hacia el catre para sacar trapos limpios, pero al mover su maleta se soltó el cierre y el contenido cayó sobre la alfombra. No salieron medias gruesas ni ropa de trabajo, sino una caja de terciopelo con un collar de diamantes, monedas de oro envueltas en pañuelos y un recorte de periódico de la ciudad de México. Mateo lo recogió antes de que ella pudiera impedirlo. El titular ocupaba media página: “Desaparece heredera de los Salcedo; empresario ofrece 10,000 pesos por su regreso”. Debajo estaba su rostro. No el de Elena Salcedo, viuda de provincia, sino el de Elena de la Vega, hija única de un magnate ferroviario muerto 3 meses antes en una caída que media ciudad había considerado sospechosa. Mateo leyó en silencio. El supuesto prometido que exigía su retorno era Leandro Cevallos, dueño de minas, rutas y jueces comprados entre Chihuahua y Sonora. Elena retrocedió hasta la pared, con la respiración rota. Entonces habló sin poder sostener más la mentira. Su padre no había muerto por accidente. Leandro llevaba meses presionándolo para casarse con ella y quedarse con las acciones del ferrocarril. Cuando el viejo se negó, cayó de un balcón. Después, Leandro la encerró en la hacienda familiar, aislada, vigilada, convertida en una firma pendiente. Marta, que no era su hermana sino su doncella y la única persona que intentó salvarla, había respondido al anuncio de Mateo por pura casualidad. Al darse cuenta de lo que iba a pasar, la sacó escondida entre sábanas la noche anterior a la boda y le entregó su lugar, su nombre y el pasaje. El dinero y las joyas los había robado de una caja fuerte para poder sobrevivir. Mateo dejó el periódico sobre la mesa. Sabía perfectamente quién era Leandro Cevallos. Hacía 2 años, unos hombres suyos habían quemado jacales completos cerca de Urique para obligar a familias enteras a abandonar tierras con plata debajo. No era un novio. Era un depredador con licencias y apellidos. Elena, derrotada, dijo que en cuanto pasara la tormenta se marcharía para no condenarlo junto con ella. Se arrodilló a guardar las monedas, pero Mateo frenó la maleta con la bota y la levantó del brazo. No fue brusco. Fue peor: fue firme. Le dijo que, si salía sola a ese frío, amanecería muerta. Ella respondió que los hombres de Leandro subirían con rifles. Mateo giró hacia la pared donde colgaba su Winchester, la bajó, revisó el cerrojo y la puso entre las manos temblorosas de Elena. Le dijo que entonces aprendería a disparar. La tormenta duró 3 días. En ese encierro, él le enseñó a cargar, apuntar, respirar y no cerrar 1 ojo al tirar. Le enseñó como se enseña a un igual, no a un adorno. Y al amanecer del 4 día, cuando salió a rastrear huellas sobre la nieve recién caída, encontró lo que temía: 4 caballos, 3 hombres armados y, guiándolos montaña arriba, el mismo asesino que Leandro enviaba siempre para hacer desaparecer a quienes estorbaban. Mateo entendió de golpe que ya no estaban escondidos. Los habían encontrado.