La historia completa “Esa… no puede ser mi novia”, murmuró el hombre de la montaña al ver a una mujer deslumbrante bajar de la diligencia

Parte 3

Mateo volvió corriendo, pero llegó tarde. Elena ya había escuchado botas en el porche y, recordando cada instrucción, disparó a través de la puerta antes de que el hombre lograra entrar. El balazo le destrozó el hombro al sicario, y cuando Mateo abrió paso entre la nieve lo encontró retorciéndose en rojo frente a la escalera. Lo arrastraron adentro, lo amarraron a una silla y entre amenazas confesó todo: Leandro no venía a rescatar a ninguna prometida, venía a enterrarlos. Subía con 20 hombres y órdenes de arrasar la cabaña, colgar a Mateo y devolver a Elena solo si seguía siendo útil. Sin perder tiempo, Mateo la llevó más arriba, a una mina abandonada que dominaba un paso angosto entre barrancas. Allí guardaba dinamita vieja. Desde la boca del socavón vieron humo negro elevándose donde antes estaba la cabaña: los hombres de Leandro la habían incendiado. Elena se quebró de culpa, pero Mateo le sostuvo la cara con una ternura que no combinaba con sus cicatrices y le dijo que una casa podía volver a levantarse; lo que importaba era que ella seguía viva. El beso que nació de ese instante apenas duró unos segundos, porque abajo ya avanzaba la columna armada. Mateo hizo volar parte del sendero y lanzó al vacío a varios de los perseguidores, pero Leandro siguió subiendo, loco de furia. Traía incluso un pequeño cañón de montaña. El primer disparo reventó la entrada de la mina y una viga le aplastó la pierna a Mateo. Inmóvil, le gritó a Elena que huyera por un túnel trasero. Ella lo miró, vio la caja de explosivos, vio también al hombre que había dejado de tratarla como mercancía para verla como persona, y decidió que no volvería a escapar jamás. Cuando Leandro cruzó el puente improvisado y le apuntó al pecho, ella lo obligó a confesar que había matado a su padre. Luego encendió la mecha y lanzó la dinamita no contra su cuerpo, sino contra la roca resquebrajada sobre sus hombres. La montaña se desplomó con un rugido brutal y se tragó a Leandro, a sus pistoleros y el puente entero. Después vino un silencio de polvo y oscuridad. Elena encontró a Mateo vivo bajo la viga, lo abrazó llorando y él, medio desmayado, soltó una risa ronca al comprender que la mujer llegada en seda verde había hundido sola a un imperio. En primavera, cuando bajaron los deshielos, nadie halló rastro de la heredera desaparecida. Solo se corrió la voz de que el patrón Cevallos y su gente habían muerto en un derrumbe. Meses después, muy arriba de Batopilas, apareció una nueva cabaña más fuerte, con porche ancho y techo de lámina. Mateo caminó con cojera para siempre. Elena aprendió a cortar leña, disparar y reír junto al fuego. Se casaron con 1 anillo de plata martillada, sin jueces comprados ni testigos elegantes. Y en las noches de nieve, cuando el viento golpeaba las paredes, ella seguía durmiendo envuelta en el viejo abrigo de piel de Mateo, como si todavía escuchara a la montaña repetirle que al fin estaba en casa.