Pero me di cuenta de que cada uno usaba la palabra «futuro» para referirse a cosas diferentes.
Hablaban de la escuela, de rumores, del apellido, de una aparente estabilidad.
Yo hablaba de cómo algún día mi hija podría recordar que cuando susurró con miedo «secreto», un adulto finalmente actuó.
Una mañana, meses después, no podía dormir y bajé a la cocina de mi hermana a por un vaso de agua.
La encontré allí, descalza, fumando junto a la ventana abierta.
Nunca había fumado dentro de la casa.
Ni casi nunca fumaba.
Sabía que el cansancio también la estaba alcanzando.
—A veces pienso que todo sería más fácil si pudieras intentarlo una vez y acabar con esto —me dijo.
No sonaba cruel.
Sonaba derrotada por mi agotamiento.
—Lo sé —respondí—.
Pero también sé que, aunque lo intente, nada termina.
Solo cambia la forma del dolor.
Permanecimos en silencio.
Afuera, pasó un camión de basura.
Adentro, el refrigerador zumbaba con esa indiferencia que los electrodomésticos tienen ante las tragedias humanas.
Entonces comprendí algo que me sostuvo después: mi decisión no dependía únicamente de ganar.
Dependía de no ser la primera persona en dudar de Sophie de nuevo.
Ese era, en última instancia, el punto de no retorno.