Cada vez que lo hacía, mi cuerpo quería recordar al esposo, al padre de las fotos, al hombre que sabía arreglar enchufes y hacer panqueques.
Esa era la verdadera lucha interna.
No entre el amor y el odio.
Entre la memoria y la evidencia.
Entre lo que una vez quise creer y lo que ahora tenía que aceptar sin adornos.
Al salir, no había muchos periodistas, pero eran suficientes.
Preguntas breves, tomas rápidas de la cámara, nombres mal pronunciados.
Mi abogado me acompañó hasta el auto.
Dentro, con la puerta cerrada, comencé a temblar.
No había temblado en la habitación.
Temblé después, cuando ya nadie necesitaba que fuera firme.
Llegué a casa de mi hermana y encontré a Sophie dibujando en el suelo de la sala.
Había dibujado una casa, un árbol, una nube enorme y dos figuras.
«Solo estamos tú y yo», dijo.
—¿Y la casa?
—Aún no sé cuál.
Esa respuesta lo contenía todo.
Aún no sabíamos qué.