Esa fue la parte trágica.
Su vista se debilitó.
Le temblaban las manos.
Su médico le dijo que descansara más.
Aun así, todas las tardes, arrastraba la vieja silla de plástico hasta la puerta y se sentaba allí con Sol.
A veces durante veinte minutos.
A veces durante dos horas.
A veces, hasta que salían los mosquitos, Marta tenía que cruzar el patio y decir: “Mercedes, ya basta por hoy”.
Mercedes sonreía siempre con la misma sonrisa cansada.
¿Y si hoy es el día?
Marta nunca supo cómo responder a eso.
Nadie lo hizo.
La gente vio la espera y lo llamó terquedad.
Pero no fue eso.
Era la maternidad llevada al límite de la razón.
Era esperanza después de que la dignidad ya se hubiera marchado.
Era un amor que se negaba a admitir que se había vuelto unilateral.
Sol aprendió el ritual de la misma manera que los perros aprenden sobre el clima.
Por repetición.
Por el olfato.
Por cierto, la emoción se asienta en un lugar.
Todas las tardes, cuando la luz se tornaba dorada, Sol se dirigía a la puerta antes incluso de que Mercedes se levantara.
Ella trotaba delante hacia la puerta.