La señora nos explicó que mi vecina del 3B nos había denunciado. Con buena intención, supongo. Pero lo que mi vecina no sabe es que mientras ella miraba por la ventana preocupada, nosotras ya habíamos vendido veinte empanadas, cinco pizzas, le habíamos comprado el jarabe de hierro a mamá y hasta nos alcanzó para darnos un gusto: una gaseosa compartida (porque tampoco somos millonarias… todavía).
No lo hago porque alguien me obligue. Lo hago porque papá ya no está, porque mamá tiene anemia y se cansa con solo subir las escaleras, porque Valentina todavía es chiquita… y porque alguien tiene que sostener esta casa mientras todos nos recuperamos.
Y ese alguien soy yo.
No me quejo. No me da lástima de mí misma. A veces lloro, sí… pero después amaso más empanadas, más pizzas… y se me pasa.
Papá decía que el trabajo honrado no le pesa a nadie.
Y tenía razón.
Así que aquí seguimos, Valentina y yo, con nuestra canasta, nuestra sonrisa… y nuestro queso extra.
Porque si algo aprendí… es que la vida puede ser dura, pero con queso arriba, mejora bastante.
Por mamá. Por él. Por nosotras.