Hasta que llegó la señora con la libreta.
Alta, seria, con cara de no haber comido pizza con borde relleno en su vida.
Se presentó de servicios sociales y me miró como si yo fuera un documental triste con música de piano.
—¿Sabes que los menores no deben trabajar en la calle? —me preguntó.
—¿Sabes que estas empanadas y pizzas tienen queso, pollo y amor? —le respondí—. Le hago combo, promoción y sonrisa gratis.
Anotó algo en su libreta. Yo aproveché y le acerqué la canasta.
La compró. Entera. Sin regatear.
Ahí supe que no era tan mala persona… solo tenía cara de lunes.
Valentina me miró con los ojos brillantes y susurró:
—Sofi… ¿le cobraste el precio de cliente difícil?
—El máximo —le dije.
Me chocó los cinco como si hubiéramos cerrado un trato millonario.